El paisaje estepario conmovía por lo vasto y esplendoroso. A medida que avanzábamos por el camino en un jeep nos maravillábamos con las formas que cada uno interpretaba contemplando las formaciones rocosas.
Conformábamos un grupo de personas de diferentes edades: niños, adolescentes y adultos que buscábamos compartir un momento distinto en un entorno de una naturaleza magnífica.
Pronto estábamos almorzando en la pendiente de una piedra plana, enorme, de un mineral muy claro que contrastaba con otras de tonos sulfurosos, ocres y rojizos. La comida era una combinación deliciosa de sabores vegetales, distintos tipos de carnes y refinados vinos que cada uno de nosotros disfrutaba bajo un sol pleno y compartiendo la cordialidad de la conversación.
Esa mañana habíamos partido rumbo a Maputañi, un paraíso seco cercano al Valle Encantado, enmarcado en las planicies de la estepa patagónica, a tres horas y media de la ciudad de San Carlos de Bariloche, con el propósito de realizar una experiencia de land art con un grupo de artistas locales y sus familias.
Nos recibió Eduardo Mateo, quien compartió con nosotros su felicidad por habitar un rincón tan virgen y encajonado en la memoria ancestral de aquella geografía poblada por soledades inmensas.
Nuestro anfitrión nos contaba cómo había llegado a su vida la oportunidad de formar parte de ese entorno anterior a la formación de
Por la tarde, Eduardo nos guiaba cuando emprendimos la subida por la ladera de una montaña para alcanzar la suficiente altura y encontrarnos con el viento. Caminábamos esforzándonos por ganarle a la morena rocosa, esa compleja trama de piedrecillas que nos hacía retroceder dos pasos por cada uno que avanzábamos.
Desde una altura considerable observábamos el entorno de valles y cerros perdidos en la lejanía del relieve que se desplegaba hacia el perfil recortado del horizonte. Uno tras otro llegábamos a una prominente saliente del perfil de la montaña y nos apresurábamos a desenvolver las telas que esperaban apretujadas en dos amplios bolsos bautizados por Sandy como “Justin Case”.
El ventarrón que soplaba sobre nuestro cabello nos empujaba a la acción. La artista visual Sandy Súdar, el escenógrafo Pablo Randazzo y el escultor Eugenio Solari tomaron sus géneros y pintaron el cielo azul con trazos de telas naranja, lila y verde. El primero, habituado a los trazos de su aerógrafo sobre telas y materiales rígidos, se asombraba con una experiencia que lo conmovía. El segundo, hombre de amplia experiencia para transformar materiales de todo tipo en exquisitas obras de arte, mantenía un espíritu de profunda observación y entusiasmo en la celebración compartida con el zarzagán al moldear el color de su lienzo en pleno vuelo.
Descubríamos el rostro del viento por la gracia de los colores que flameaban como poderosos estandartes, al tiempo que el fotógrafo Cristian Jivelekian alcanzaba con su cámara el desenvuelto juego de los artistas con el elemental de las alturas. La expresión de volúmenes y texturas quedarían registrados en las fotografías que darían testimonio de nuestro paso por ese otro costado del Valle Encantado.
Momentos más tarde, y mientras estábamos buscando otro lugar para cambiar el escenario y explorar diversas posibilidades de aprovechamiento de ventiscas, la diseñadora textil Paula Terencio, arrebatada por un sentimiento de libertad absoluta, encontró un árbol de curiosa superficie retorcida -forma que adopta naturalmente para escurrir la humedad, como si se tratara de una prenda a la que escurrimos para secar al sol-. Allí se inspiró la artista para pintar de colores las ramas, a las que anudó bellones de lana verdosos y púrpuras, teñidos por sus manos. Al pie del tronco se erguían orgullosos líquenes violáceos, a los que Paula coronó con suaves capullos de lana azul.
Los demás estábamos buscando la presencia de ráfagas fuertes en otras alturas, en lados más expuestos de una meseta muy clara, casi blanca, tanto que nos costaba enfocar los ojos y nos obligada a entrecerrarlos.
Eduardo no podía creer la alegría que le despertaba el simple hecho de jugar con un género naranja. Tiene una conexión tan estrecha con la tierra que ama que logró remontar su tela directo hacia el cielo, y eso es un juego que surge de manera natural, no se puede forzar, ni existe la absoluta certeza de que todo mortal pueda volar una tela.
Ver su sonrisa en las fotografías y sus ojos posados en la infinitud del cielo remarcaban la sensación que todos compartíamos luego de la intervención. Una sensación de libertad que nos invadía con las últimas luces del atardecer, regresando a pie por un tramo de vías por las que circulaba hasta hace menos de un año un tren a vapor. Nos abrazábamos y reíamos dejando atrás un día maravilloso, único e irrepetible, como cada momento, como cada experiencia de Land Art.
Mariano Nicolás Anastassiades
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